Antes de que llegue nuestra obsolescencia, comprendamos lo que está ocurriendo.

La idea de que el trabajo dignifica es un concepto más bien reciente, en las antiguas culturas se veía como una condición de supervivencia; incluso, en algunas mitologías se representó como una carga, casi como un castigo. Sin embargo, en la tendenciosa mundología que propone la new age surgen planteamientos de carácter distópico, que en medio de las dudas enmarca un panorama decepcionante. No dejo de pensar en lo que significará en el futuro próximo el interés por el desarrollo profesional cuando hay tanta desestabilidad emocional y necesidad de atención. A algunos, por ejemplo, les dio por creerse animales; claro no en el concepto puramente biológico, sino que disfrazan su necesidad de aceptación con un falso fundamento ancestral. Y está bien, el mundo es para todos y cada quien es libre de ponerse una máscara y arrastrarse si eso le genera una verdadera sensación de libertad o una conexión natural. Después de todo hay quienes le ponen precio a la dignidad con tal de figurar en la efímera estantería digital.

Pero haciendo referencia a comportamientos cuestionables, hay que subrayar a los vivarachos, a los que por hacerse a un lugar hacen trampa con las inteligencias artificiales atribuyéndose la autoría de cuanto hagan con sus vidas laborales. Cada quien va buscando como ganarse la vida, si es vida lo que se gana.

En ese ramillete de despropósitos, el mundo parece entrar en detrimento, y entre noticias, modas e imposiciones, la mente ansiosa baraja respuestas del inquietante cuestionamiento: ¡¿qué será de la humanidad en el futuro?!  

Lo había mencionado previamente en una columna que llamé ‘Arteficial’; las inteligencias artificiales vienen a remolcar las carencias humanas en términos de productividad; y eso, indiscutiblemente, cambiará el contexto laboral en absolutamente todos los frentes. Así que se esperaría que la nueva era trajera consigo oficios que contribuyan a la evolución intelectual y así despertar el interés de progreso intelectual.

Si empleásemos las tecnologías emergentes para transformar el entorno en beneficio de la humanidad, como históricamente ha sido, seguro encontraríamos nuevas y emocionantes profesiones como: especialistas en machine learning e IA, científicos de datos, expertos en ciberseguridad, profesionales en robótica colaborativa. ¡Claro!, si vamos a vivir sumergidos en la virtualidad lo lógico es la evolución profesional en ese horizonte. Incluso, vemos que se avecinan disciplinas aplicadas a la tecnología como derecho enfocado a la protección de datos personales en implementación y uso de IAs, o Telemedicina y salud digital; quizás más ambicioso sea pensar en expertos en sostenibilidad y economía verde, después de todo al ritmo que nos consumimos el planeta, por qué no soñar con que el problema traiga implícita la solución.

Es un haz de ofertas tentadoras que implican esfuerzo y años de estudio. Pero ¿está dispuesta la sociedad a hacer largas carreras académicas cuando no hay garantía de un puesto laboral bien remunerado?

Es cierto que las nuevas tendencias de formación tienen como objeto la reducción de tiempo en la academia. La centralización del estudio en ramas específicas implica la evolución en currículos dinámicos por módulos; ecosistemas industria-universidad para lograr formación aplicada, o formación en habilidades cognitivas profundas para generar pensamiento crítico y sistémico. Estupenda utopía, sobre todo tomando en cuenta que más del 40% (según el SNIES) de la población entre los 17 y 21 no accede a la educación superior. Y aunque se adelanten programas para que la cobertura aumente, hay un poder surgente: el deseo de la riqueza con el menor esfuerzo.

Congresistas sin estudio ascendentes de las redes al legislativo, poniendo en evidencia que puede ser más resolutivo el espectáculo que la academia. Influencers que venden su dignidad por soplos de fama y dinero al instante, riqueza insuficiente. Hay quienes a base de limosna o un trapo rojo en cada parqueadero improvisado generan una renta. Hay otros que emplean la intimidación, tan válida como la compasión, para tener un ingreso. Sí, quizás sin las mismas condiciones de un contrato formal, pero es que hay cientos de miles de profesionales trabajando sin un contrato formal, algunos por migajas.

El mundo debe evolucionar, y ante la inmediatez con que se busca riqueza o supervivencia, las carreras profesionales tienden a ser contraproducentes en los formatos actuales. Pero tampoco podemos sumergirnos en la lucha donde aparecerán improvisados líderes defendiendo los intereses de pequeños grupos. Esa magnanimidad de primates en busca de alimento, cambiando a los seres humanos su nombre por un número —lo que da un lugar a todos en las estadísticas de guerra: quizá el único oficio que no cambiará hasta el fin de los tiempos— es a lo que nos conduce esta natural búsqueda en que se prioriza la obtención de lucro sobre la evolución humana.

Sobre los pasillos de colegios y gimnasios corren voces de admiración y envidia por quienes obtienes miles de likes; la cuantificación de la fama en un ambiente mediocre. La cumbre de una tendencia que se alcanza prematuramente y dejará a muchos al borde de la inutilidad. Otros infames quedarán simulando arte en los semáforos o en las calles de los barrios con cabinas de sonido y alguna pista de fondo, para que voces más adoloridas que emotivas busquen entre las cortinas o las ventanillas de los carros quiénes, por admiración o lástima, regalen una moneda.  

Columnista en Espejos de Tinta

Héctor Ramírez A

escritor

Categorías: Andanadas

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