A los constantes problemas de inseguridad y drogadicción que saturan las calles de las urbes, hay que sumarle la incapacidad de convivencia que condiciona el ambiente. La oscuridad atemoriza: en el pasado quedó la imagen romántica de caminar entre la niebla nocturna y hacerse silueta bajo los faroles. No solo la noche distancia la posibilidad de vivir las quimeras de poesía, la luz enceguece; la calle diurna no es propiamente agradable; los rayos del sol sorprenden a quienes emergen de las sombras con un costal o retal de trapo cubriéndose del frío matutino, cada acera una cama. Hasta hace unos pocos años esa era una imagen presente en los centros urbanos, pero ahora, entre los barrios se puede retratar este hecho.

“La calle se abre a los pasos” escribió el cantante ítalo-venezolano Giordano di Marzo, bella utopía. El día avanza, la rutina da un peor brillo sacando lo peor de la gente. Y contrario a la canción, la calle es obstruida; escenario de incesante conquista, conductores de motos y carros invaden cuanto espacio esté disponible para tener un parqueadero. Bloqueando calles por completo, cada quien busca sostener su aparente riqueza.

La eterna lucha nos va apartando de la empatía social, el vivo sigue viviendo del bobo y las acciones son plausibles cuando hay afinidad con el vivo. Se extingue el respeto por el espacio común y aquello de la tolerancia a las diferencias, es solo teoría en los manuales de urbanidad.

¿Por qué es tan difícil preguntarse a sí mismo, si con el propio proceder se irrumpe la tranquilidad de los demás? El individualismo turba la vista, cada uno busca su propia comodidad a expensas de que el otro se adapte al comportamiento insolidario. No se puede siquiera imaginar la necesidad de dejar el espacio libre por si acaso ocurriese una tragedia y los vehículos de emergencias tuvieran que pasar. He visto gente descender de los taxis sin poder siquiera acercarse hasta la puerta de su casa en medio de un terrible aguacero. Misma situación viven los recolectores de basura en aquellos barrios donde las calles tienen poco más de dos metros de anchura y el individualista lo percibe como estacionamiento gratuito.

Pero el mal comportamiento vial es apenas un ejemplo de lo difícil que se ha vuelto la convivencia en sociedad. Pocas veces es posible permanecer un domingo en silencio, casi siempre hay alguien que siente la necesidad de compartir la euforia musical; que el despecho o alegría, a través de los decibeles de su aparato sonoro, atraviesen los muros de quien desea un poco de calma. Y la enorme pesadilla de las festividades que se avecinan: la celebración de fin de año, cuya religiosidad se trasladó a los estados de WhatsApp, pero carentes de unión y respeto. La pólvora molesta y asusta a las mascotas; sin embargo, hay que adaptarse al comportamiento generalizado porque es su forma de felicidad.

Ante la ausencia de criterio y empatía, se hizo obligatorio crear, mantener y actualizar un código de convivencia ciudadana que funciona en un mínimo porcentaje. La gente tiende a resolver sus conflictos con la siempre eficaz violencia; como sucedió recientemente, según relataron varios medios de comunicación: dos tipos que consideraron tener la prioridad en la vía decidieron resolver la controversia con armas de fuego —uno de ellos terminó en la cárcel y el otro en el cementerio—.

Lugares que crearon para que la gente disfrutase sanamente de la naturaleza: en silencio, con un libro o una cámara fotográfica, han sido cerrados al público, porque para muchos es más importante llegar con un parlante, cervezas y armar su fiesta, el ruido rige las normas. No conformes con el agasajo en un lugar que no fue creado para tales fines, dejan basuras, llenan de humo el ambiente y pisotean la ilusoria paz de los demás. Otros lugares con diferentes propósitos se pierden ante la necesidad de ruido: los Reels se reproducen con alto volumen en cualquier espacio, desde salas de espera de hospitales hasta museos y bibliotecas.

Ahora, después de las múltiples razones que cada fin de semana congestionan mi mente, entiendo que la tranquilidad social es otro artículo de lujo. Por eso no hay mucho interés en trabajar la cultura ciudadana cuando hay un precio qué pagar por estar en un ambiente apacible.

La gente se acostumbra a ese estilo de vida de listeza y maña. Todos viven una misma fiesta; extraña incomodidad que les resulta confortable. Los demás, somos especímenes ajenos a la sociedad, pero somos un segmento de mercado. 

Columnista en Espejos de Tinta

Héctor Ramírez A

escritor

Categorías: Andanadas

1 comentario

Danny · 7 de noviembre de 2025 a las 07:03

Hemos perdido la cultura ciudadana, sería bueno que volvieran a los colegios el manual de Carreño.

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