Ante la enorme oferta de difusión informativa y la posibilidad de que cualquier persona, independientemente de que tenga o no formación académica, pueda crear contenido y divulgarlo como si se tratase de la palabra absoluta, las redes y los medios alternativos se han vuelto un enorme taller: donde se atiende a quien más agite.

Es una táctica infalible y es material impelente en las actuales campañas; no es propiamente una práctica novedosa. A lo largo de la historia se ha demostrado que quien controla las comunicaciones vence. Podrá verse desde la civilización sumeria que a través de pictogramas se legitimaba el poder. Más tarde las religiones impusieron sus reglas y mediante la escritura perpetuaron los credos. Las guerras mundiales son también evidencia de cómo, quien hizo mejor empleo de la comunicación obtuvo ventajas.

Ahora; excepto por aquellas dictaduras como Corea del Norte, Eritrea, Turkmenistán o Myanmar, donde hay un enorme hermetismo informativo y las élites o el poder se reservan el derecho al internet; tenemos la posibilidad de consultar fuentes, de validar información y buscar la contraposición, aun así, la sociedad opta por lo simple: creer lo que conviene, lo afín a la persona o circulo social del receptor. Es así como los políticos y las élites endosan el rigor informativo. Callan, manipulan, fragmentan la información y permiten difusiones parcializadas. Los juicios mediáticos, pareciera, son más determinantes que los jurídicos. Más eficaces, y aunque mendaces, se mantienen vigentes.

La gente opta por creer y opinar sobre lo que conviene o es asido a su parecer. Por lo que estamos llenos de conclusiones parcializadas. Ejemplo, el eterno dualismo en las ideologías políticas: muchos, se jactan de llamar comunismo a todo lo que puedan ser simples derechos sociales descritos en la constitución, sin tomar en cuenta conceptos como la propiedad colectiva o estatal —en Colombia, el 42,5% del territorio es propiedad privada (Fuente IGAC). Lo demás es posesión de resguardos indígenas, áreas protegidas del estado y algunos baldíos en disputas jurídicas—. Así mismo se defiende el capitalismo, en un país que carece de meritocracia y donde priman el servilismo y la corrupción, dejando ausentes elementos importantes para un verdadero capitalismo, como lo son la libertad económica, la competencia y la remuneración por especialización laboral. Un país en donde los grandes capitales se usan para definir la participación política en las ramas ejecutiva y legislativa; y la rama judicial ha sido afectada por los tentáculos de la corrupción y el narcotráfico, no puede ser plenamente capitalista. Ni mencionar lo mucho que puede costar, con todos estos prejuicios, debatir sobre la socialdemocracia. Creo que con todo esto se hace difícil la defensa absoluta de alguna posición; más con el nivel educativo actual donde la gente solo replica las opiniones parcializadas, con textos, o videos cortos, incluso con memes cuyo único fin es la ofensa, cada publicación un ataque. Nada nuevo en realidad, antes se mataban por las diferencias políticas, es simplemente que ahora ante la gran posibilidad de informarnos, optamos por simplemente consentir lo que nutre ese pensamiento unidimensional y descartar lo demás. Los calificativos despectivos y ofensivos van y vienen desde las diferentes posturas unos son: atenidos, inútiles y anormales; los otros, son entonces matones, analfabetas y egoístas.

La comunicación afrentosa contribuye a que nos hayamos llenado de expertos analistas y opinadores, que reciben aplausos únicamente por insultar o apocar a los contrarios. Situaciones que se trasladan a la intimidad familiar, a las disputas de amigos, al pensamiento crítico y al radio de apreciación artística. Opinadores sin gramática, ni ortografía; sin análisis técnico, estadístico, histórico u objetivo, pero eso sí, con una amplia gama de agravios. Y en alguno de los argumentos, la terminología se reduce al uso del sufijo derivativo nominal, pospuesto a los apellidos más relevantes de la política actual. Y ese adjetivo (Petrista, Uribista), dependiendo quién lo pronuncie, ya lleva implícita la carga de ultrajes y ofensas con que se intenta apocar y argumentar.

Columnista en Espejos de Tinta

Héctor Ramírez A

escritor

Categorías: Andanadas

1 comentario

Dani Morales · 22 de noviembre de 2025 a las 16:10

El uso desmedido de las redes sociales, en ocasiones hace que los debates no se tomen en serio. También debemos tener en cuenta el uso inapropiado de bodegas que se crean con el fin de legitimar al contrincante.

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