Mientras el soberano de la Francia del siglo XVII se sentaba en el centro, a su derecha lo hacían los aristócratas defensores de la monarquía, y a su izquierda, los comerciantes y burgueses que abogaban por la reducción del poder real y el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Desde la Revolución Francesa se evidencia un conflicto entre quienes buscaban cambios estructurales profundos en el poder y quienes apostaban por un orden más conservador. Así, comenzaron a tomar forma los conceptos de derecha e izquierda en la política global. Pero ¿qué tanto han conservado estos términos su significado original hasta nuestros días? Con el paso de los siglos y el surgimiento de nuevas corrientes de pensamiento, estos conceptos se han ido difuminando, convirtiéndose en simples referentes: por un lado, del capitalismo extremo (extrema derecha), y por otro, del progresismo o socialismo, que en teoría no son lo mismo (extrema izquierda).

Incluso antes de la Guerra de los Mil Días, Colombia ya había adoptado estos términos, transformándolos en “conservadores” y “liberales”. Entre batallas políticas y militares, ambos bandos han contribuido al empobrecimiento y desangramiento de la nación del Sagrado Corazón. Estos apelativos han ido mutando, al igual que el pensamiento bélico e impositivo de quienes los emplean, justificando sus acciones al amparo de la izquierda o la derecha. Así, se ha creado una brecha cada vez más profunda entre ambas posturas, alejándose de su origen y desfigurando su sentido. A partir de mediados del siglo XX —con la caída de los regímenes totalitarios, la disolución de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, entre otros eventos igualmente relevantes—, podría decirse que la extrema derecha ha adquirido un tono no absoluto, pero sí preponderante en la geopolítica actual. Esto ha obligado a los países mal llamados “tercermundistas” a adaptarse, a paso de elefante, a la cosmovisión política y económica de las autoproclamadas “potencias mundiales”, algunas de las cuales se enriquecieron saqueando y esclavizando pueblos enteros. Como resultado, las naciones con un desarrollo más lento no pueden competir en igualdad de condiciones, lo que genera malestar entre sus ciudadanos y los arrincona en la pobreza y el subdesarrollo.

Colombia, antes de la conquista, era un paraíso. Aunque sus pueblos originarios tenían conflictos, ejercían dominio, subyugación y violencia, eran felices. No necesitaban del eurocentrismo para ser considerados parte de la humanidad: ya lo eran. Desde la independencia, al intentar adoptar modelos económicos impuestos o mal comprendidos, se fue gestando en el imaginario colectivo una división entre quienes estaban de acuerdo con “equis” pero no con “ye”, y viceversa. Es algo común en el ser humano, ese animal político que necesita vivir en comunidad, pero que siempre está inclinado a la violencia. No puede ser un ermitaño —aunque, claro, hay quienes sí lo son, pero eso no viene al caso—. Lo importante es considerar nuestras posturas políticas y llegar al debate sin que nuestros argumentos sigan ampliando la brecha que nos divide como sociedad. Con frecuencia, se pretende imponer la opinión propia sin respetar al interlocutor, buscando tener siempre la razón de forma impositiva.

Esto nos ha llevado a décadas de conflicto. El panorama es desgarrador y mucho más complejo que lo que pueden abarcar dos simples palabras —“derecha” e “izquierda”— que pretenden ser la base de una sociedad que se ha venido agrietando. En el pasado, los hombres se mataban por el color de un pensamiento (rojo o azul); hoy se habla de paramilitares (extrema derecha) y guerrilleros (extrema izquierda), aunque no es lo mismo que hablar de conservadores y liberales. Si bien estos fueron sus cimientos, nuestra idiosincrasia se adapta a nuevas formas de percibir la realidad y de buscar referentes para lo que queremos creer, sin darnos cuenta de que todo esto nos convierte en una sociedad más polarizada, más conflictiva, que anhela la paz, pero no logra alcanzarla porque no existe respeto hacia el pensamiento contrario al propio.

Imagen generada con Copilot, asistente de IA de Microsoft.

Columnista en Espejos de Tinta

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Danny Morales

docente

Categorías: Andanadas

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