Mientras me alistaba para su funeral recordé la última tarde a su lado, postrado en la cama de un hospital. Hablábamos del tiempo en que mis hermanas y yo éramos muy jóvenes y él nos llevaba al parque a jugar. Ese día mencionó la frase que por muchos años esperé, “perdóname, hija”.

No sé exactamente a que se refirió, tal vez entre risas y recuerdos que compartimos esa tarde llegaron a su mente también los momentos de tristeza que pasábamos a diario cuando mis hermanas y yo éramos niñas. Muchas personas llevamos monstruos escondidos en nuestros recuerdos, el mío, siempre fue mi padre. Mi infancia estuvo marcada por la violencia y la brutalidad, casi a diario mamá recibía golpes y gritos de mi padre y casi siempre por cosas insignificantes, mis hermanas y yo solo corríamos a escondernos mientras escuchábamos los gritos y el llanto de mi madre, éramos muy pequeñas e indefensas para enfrentarnos a él o incluso para entender la situación, tampoco teníamos la posibilidad de pedir ayuda, vivíamos en una finca entre los cafetales. Fueron 10 largos años de horrores y tormentos, de aguantar y callar. No sé si a eso se refería cuando pidió disculpas en su lecho de muerte. O tal vez pidió perdón por su trato hacia mí, no me golpeaba, no como a mi madre, pero bastaban sus gritos, sus palabras cortantes, cada conversación, cada palabra dirigida hacia mí llevaba matices de crítica sarcasmo o menosprecio, siempre supe que no fui su favorita, ni tampoco la de mamá, nunca recibí un abrazo o un te amo, por eso me esforzaba más, trabajaba más y nunca pedía nada. Me fui de mi hogar, si es que se le puede llamar así, apenas tuve la oportunidad.

Fueron años muy difíciles después de eso, luché con la depresión que traía desde casa, me involucré en relaciones dañinas y dependientes sin saber que inconscientemente repetía los mismos patrones, esos mismos que tanto odié de él.

No sé si a eso se refería cuando pidió perdón. Quise decirle, pero no pude, mi garganta se hizo un nudo y solo lo besé en la frente y salí de la habitación, horas más tarde mi padre falleció.

Nunca le dije que hacía ya varios años que lo había perdonado, que había perdonado su maltrato hacia mi madre, sus constantes infidelidades y falta de respeto hacia ella, que había perdonado sus tratos de menosprecio hacia mí, sus palabras hirientes que hacían que corriera fuera de la casa a llorar hasta quedar dormida en el cafetal, que incluso había perdonado a mamá por no haber sido valiente, por no ser lo suficientemente fuerte para defenderse, por no amarme igual que a mis hermanas y brindarme un abrazo o un te amo.

Mi padre murió y no se enteró que más que perdonarlo a él me perdoné a mí, perdoné a la niña de 4 años que se escondía en un armario mientras en casa había un monstruo acechando a mi madre, perdoné a la niña de 7 años que siempre se sintió culpable por no haber pedido ayuda, por no haber sido valiente y enfrentarlo, me reconcilié con la niña de 11 años y le di todo el amor y abrazos que le faltaron, le expresé lo orgullosa que estaba y la recordé lo valiente e importante que era.

Mi padre murió y no se enteró de que sí lo perdoné, porque sé también que su infancia fue incluso peor, porque sé que nunca aprendió otra forma de criar y amar a sus hijas, otra forma de comunicarse, de solucionar sus problemas, de brindar amor y nunca supo que repitió los mismos patrones que había aprendido de su madre. El murió y no supo que lo perdoné, pero aun así el recuerdo sigue ahí, eso nunca se olvida, es un tatuaje marcado en el alma. Mi padre murió y nunca se enteró que yo sí pude salvar a esa niña del fondo del armario y los cafetales.

Columnista en Espejos de Tinta

Claudia Martínez

Psicóloga

Categorías: Andanadas

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