Un niño de ocho años quiere divertirse con sus amiguitos, intenta jugar a la lleva, al escondite o con la pelota. Pero pocos le prestan atención. Si alguien intenta jugar con él, no se lo permiten; quien quiera hacerlo será señalado, excluido o, por ende, marginado. Todo sucede cuando este pequeño, por azares de la vida o solamente por simple biología, pierde sus incisivos superiores. Lastimosamente, este acto de la naturaleza lo marca para siempre, dejando al descubierto la crueldad que puede llegar a manifestar un adolescente o un infante.

Sus compañeros lo tratan con los calificativos más dolorosos y ofensivos, con palabras como «sindi», sin dientes, «vampirín», «mueco» y un largo etcétera. Sin embargo, el niño de ocho años trata de no prestarle atención a los insultos. Sus padres en algún momento le dicen que no les ponga cuidado, que son solo niños. Los agresores, al ver que este pequeño trata de ignorar todas las ignominias proferidas hacia él, cruzan la delicada barrera de lo verbal a lo físico; se pasa de la intimidación a la agresión, al maltrato, a los insultos y escupitajos. Este pequeño ser es víctima de este acoso durante un largo tiempo. Poco a poco se vuelve más callado, más ensimismado y muy solitario.

Pasa el tiempo y él deja de ser un niño; ahora es un adolescente a quien le gustan los videojuegos y las películas de terror, busca por internet videos gore. Trata de ser normal, pero los recuerdos del maltrato retumban en su mente, alimentando una semilla negra de odio. Ahora no es el «vampirín» de la clase; ahora es un adolescente con sobrepeso. Ya cambiaron los insultos por otros tales como: batata, marrano, manteco y un gran etcétera de apelativos. Sigue el hostigamiento y las agresiones en la secundaria. Ahora esta semilla echa raíces y se va convirtiendo en un monstruo. Repasa cada insulto, cada golpe y cada momento infeliz en su mente. Poco a poco este monstruo va tomando forma y se va llamando odio, ira o rencor.

Es su cumpleaños y él no está esperando nada de nadie, solo pasar el día en paz, pero sus agresores no perdonan; lo buscan y, en medio del patio del colegio, le lanzan casi media cubeta de huevos. Él se tapa la cara y trata de huir del lugar, pero los demás no lo dejan escapar, se ríen al unísono, burlándose de su indefensión, llevándolo casi al extremo de la incesante locura.

Él ha denunciado lo sucedido con docentes, directivos y con sus propios padres. Por parte de la institución educativa se hace poco, porque se necesitan evidencias; y, en algunas ocasiones, está tan desatendido el sistema educativo que no existe la figura de psicoorientador(a), por lo cual le prestan poca atención a sus denuncias. Sus padres también pecan por omisión, cayendo en la desatención, en ignorar lo que siente y lo que está viviendo su hijo, mal pensando y creyendo que son cosas de niños, recitando el siguiente dicho: «En mis tiempos todo era diferente, eso se resolvía a los golpes y pare de contar.»

Pero este no es el caso de este adolescente, que está bordeando la sanidad mental con la locura. Ahora este individuo solo quiere una única cosa: justicia enmascarada de venganza. Al día siguiente, el joven busca entre las cosas de su padre, quien de forma irresponsable tiene una pistola a su alcance, pues nunca vio en ella peligro alguno, nunca pensó que podía ser cómplice implícito de uno de los actos más atroces que puede cometer el ser humano: el asesinato. Esta alma dolida y acorralada guarda la pistola en su maletín. A estas alturas de la historia, este joven ya no siente ni rencor ni odio o rabia; realmente no siente nada, es un autómata, con un solo objetivo en la mente: JUSTICIA. Al entrar al aula de clase identifica a sus objetivos y su ubicación; su mirada es vacía, sin brillo, no gesticula, mecánicamente abre su maletín y saca una nueve milímetros, le quita el seguro al gatillo y lo acciona.

Cuando estalla el primer cartucho, todos en el salón de clase se asustan; unos tratan de salir por la puerta, pero el joven está parado en ella; otros se esconden debajo de las sillas y pupitres. Con el segundo cartucho que suena, empiezan los gritos y el terror, tratan de protegerse con los maletines o lo que tengan a su alcance. De los quince cartuchos accionados, seis impactan en sus objetivos; los otros van a dar en las ventanas, paredes o pupitres. Finalmente, el último cartucho el adolescente lo utiliza para ultimar su propia vida. Cuatro muertos, incluido el homicida.

Esto parece una historia irreal o demasiado exagerada, pero es más común de lo que parece. El bullying es el pan de cada día entre niños y adolescentes; incluso se ve en adultos. Pero ¿cómo sociedad, las medidas que tomamos son suficientes para mitigar este tipo de conductas? Digamos que este individuo no se tomó la justicia por mano propia, digamos que fue arrinconado al punto de no usar un arma y utilizar una soga para ponerla alrededor de su cuello. ¿Qué tienen que hacer nuestros niños para ser tomados en serio? El matoneo, aunque se supone que está regulado por la Ley 1620 del 2013, que busca promover y fortalecer la formación ciudadana y el ejercicio de los derechos humanos, sexuales y reproductivos de estudiantes en preescolar, básica y media, así como prevenir y mitigar la violencia escolar, incluido el matoneo o acoso escolar.

¿Qué tan en serio las instituciones educativas están haciendo este trabajo? Aunque hay comités de convivencia escolar para la detección, denuncia, atención y seguimiento de casos de matoneo dentro de las escuelas, ¿qué tan bien implementados están en las instituciones educativas? ¿O solamente se hace algo escueto, se ejecutan programas y talleres someramente y superficiales para cumplirle a las entidades gubernamentales, llenar algunas hojas de firmas y tomar algunas fotos como evidencias para decir que sí se está cumpliendo con los programas establecidos, para mitigar el flagelo del matoneo escolar? Aunque se debe ser consciente que para llegar a una población estudiantil tan voluminosa es muy difícil, creo que se deben aplicar estas actividades con conciencia, no únicamente para engordar estadísticas institucionales.

Es un largo camino que recorrer, pero como sociedad siento que estamos haciendo poco, tanto desde el lado de las instituciones educativas como por parte de los acudientes o padres de familia.

Columnista en Espejos de Tinta

Danny Morales

docente

Categorías: Andanadas

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