¿Qué tan cerca crees que estamos de la medianoche?

En el año 1947 científicos del Bulletin of the Atomic Scientists, un grupo fundado por científicos como Albert Einstein y Oppenheimer, crearon el reloj del juicio final, un elemento simbólico que mide la cuenta regresiva hacia el fin del mundo. Inicialmente se hizo para medir el riesgo de que la humanidad se acabase a causa de una guerra nuclear.

A veces hablar sobre el fin del mundo nos da la postura del loco de la esquina que habla del apocalipsis o del escritor frustrado que no puede culminar una novela distópica; incluso, podríamos ser tildados de fanáticos religiosos que se apoyan en los escritos bíblicos. Claro, ¡cómo no fantasear un poco con los textos de Isaías o Sofonías cuando hablan de desolación, devastación y oscuridad! Sin embargo, como amante de las distopías y de las buenas lecturas —incluida la Biblia, desde luego—, y a riesgo de parecer el loco conspiranoico que escribe enfrascado en la paranoia, cito a un prestigioso grupo de científicos que ya habían evaluado la posibilidad del fin de la humanidad a causa de esta misma especie belicista y autodestructiva.

El reloj fue creado bajo la premisa de que faltaban 7 minutos para la medianoche, la hora en que comenzaba el apocalipsis, o la destrucción total. Así decidieron configurarlo hace casi 8 décadas, y la artista norteamericana Martyl Langsdorf diseñó el logo del reloj. El día del juicio llegaría a causa de una guerra nuclear, sin embargo, con el paso de los años se fueron sumando otros factores que cambiaron el pronóstico:

  • Tecnologías disruptivas: mal uso de la inteligencia artificial, desinformación en medios digitales, biotecnología sin regulación.  
  • Cambio climático acelerado: la emisión de gases de efecto invernadero que pone el análisis del cambio climático en territorios desconocidos.
  • Pandemias.
  • Geopolítica: líderes ambiciosos y colonialistas.

Todo cuanto rodea el noticioso contexto individual hace creer que evidentemente el mundo está próximo a sucumbir, que nos acercamos a esa escalofriante imagen que recrea el capítulo 8 del apocalipsis, cuando el primer ángel sonó la trompeta y hubo lluvia de granizo y fuego mezclados con sangre.

Está bien, llevémoslo al concepto de no ficción, acepto que me cuesta creer en un fin del mundo tan fantasioso como el que menciona La Biblia. Quizás sí haya muertes lentas y dolorosas; y en la combinación de todos los factores anteriormente descritos, hasta existirán novedosas formas de morir. Lo que más me inquieta es ver cómo la apatía humana nos conduce a apoyar que lideres ególatras jueguen a la ruleta con la existencia terrenal.

Volvamos al famoso reloj, quizás no tan famoso en realidad: sé de mucha gente que desconocía su existencia, yo mismo supe de él hace algunas semanas. Y es que el hecho de que sea un reloj simbólico no deja de ser alarmante. Los científicos del Bulletin of the Atomic Scientists, evaluando la perspectiva mundial, han decidido que el reloj haya tenido significativos avances, aquí algunos:

Las pruebas termonucleares en 1953 lo acercó a dos minutos. En 1991, tras el fin de la guerra fría, se alejó a 17 minutos (¡Uf!, entonces volvimos a tener fe en la humanidad). En 2018 se acercó de nuevo a dos minutos por las tensiones nucleares. En 2020 se mueve a 100 segundos por la inestabilidad global y el cambio climático. En 2023 se acerca a 90 segundos, sumando a las causas anteriores el riesgo naciente de las inteligencias artificiales. Y el año anterior se fijó en 89 segundos.

¡Asusta!, ¿no? Sin embargo, las tensiones geopolíticas no cesan, hay un loco narcisista gobernando el país que tiene el segundo mayor arsenal de ojivas nucleares y un ejercito poderoso. Estados Unidos sigue siendo el referente de la economía mundial, ve amenazas en la acelerada fuerza china y en los poderosos enemigos rusos. Su presidente, además de narcisista —como lo definió su sobrina, la psicóloga Mary L Trump—, vive provocando a líderes mundiales tras su capricho de la inmortalidad en los libros de historia. Va tras el anhelado Nobel de paz, o quizás busca la eternidad a través de una estatua que lo deje a la altura de Jesús, Mahoma o Aristóteles.

Trump, es por sí mismo una razón para que el reloj avance otros tantos segundos, su ambiciosa postura va acrecentando la fragmentación del mundo, para que luego las potencias vayan recogiendo las ilusiones en residuos minerales. Él y otros líderes caprichosos van imponiendo un sistema de rivalidad entre los dominadores mercantiles que buscan la integración económica y comercial a través de la coerción.

Razones hay de más para creer que el reloj, que aunque carente de algoritmos y métodos matemáticos, se mueva hacia el cierre del telón. La ganadería sigue avanzando y contaminando, el calentamiento global existe y no solo en los discursos de los presidentes de izquierda; también la deforestación y la pérdida de páramos. Aun así, hay quienes todo lo relacionan con ideología política y sienten que lo más importante es estar del lado de la razón, su propia razón.

Este 27 de enero de 2026, el reloj será actualizado. Puede conocer más información al respecto a través de su sitio oficial: https://thebulletin.org/doomsday-clock/

Tal vez, el primer ángel del apocalipsis ya sonó su trompeta, y este reloj que no se calcula, sino que se delibera, avanza más por un sentimiento implícito en la humanidad, la indolencia.

Columnista en Espejos de Tinta

Héctor Ramírez A

escritor

Categorías: Andanadas

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