Las manías se convierten en cadenas

Primero fueron unas bolsas, luego cajas, después cosas que nadie usaba pero que él no podía soltar. Siempre con la misma excusa “esto me sirve para algo mañana”.

La casa se fue llenando mientras él se iba apagando. Cada objeto parecía sostenerlo un poco, como si acumular fuera su manera de quedarse, de no rendirse del todo, de no desaparecer. Nosotros, en cambio, empezamos a quedarnos sin espacio.

Este fragmento no es solo una escena familiar. Es el retrato silencioso de una enfermedad mental que suele esconderse tras la etiqueta de “manías”. El trastorno obsesivo-compulsivo de acumulación (TOC) no es un simple desorden, son pensamientos obsesivos que no se pueden vencer. Los TOC en sus múltiples formas no siempre gritan. A veces susurran desde una habitación cerrada, desde una rutina que nadie cuestiona, desde una persona que no sale, pero que sigue guardando; y en ese guardar, intenta no desaparecer, con la misma excusa: “esto me sirve para algo mañana”.

En la generación de nuestros padres, hablar de salud mental era casi un pecado. Por eso sus obsesiones se camuflaron como virtudes: limpieza, orden, puntualidad.

Hoy podemos mirarlas con otros ojos; cómo esas obsesiones se normalizan y se transmiten como parte de la educación, afectando la convivencia. Mientras la casa se llena de cosas el espacio es cada vez más reducido y día a día quedan preguntas en el aire sin responder, generando tensiones sin lograr diferenciar entre el amor y la incomodidad. Lo que para él es un refugio para los demás es una prisión, esto no solo afecta a las personas que lo poseen si no a quienes ven como el espacio físico se convierte en reflejo de los miedos internos, de las angustias vividas de niño, de dudas y preguntas que nunca fueron atendidas.

De ahí nace la frustración querer ayudar y no poder, querer ordenar y no lograrlo, querer liberar espacio y chocar contra la resistencia del ser querido. Es un choque emocional que carcome y quema por dentro, porque el cariño no desaparece, pero se mezcla con la impotencia de no encontrar respuestas claras de cómo ayudar, de cómo salir de aquel hoyo profundo.

Y en medio de todo, aparece la comprensión, reconocer que no se trata de simple terquedad, sino de un trastorno que nunca fue nombrado y mucho menos tratado, que se escondió bajo la etiqueta de “manía” o “costumbre”. Esa comprensión no elimina la incomodidad, pero la transforma en la posibilidad de mirar a nuestros padres con otros ojos, entendiendo que sus obsesiones fueron también una manera de sobrevivir en un mundo que nunca les permitió hablar de salud mental.

Como sociedad, necesitamos más espacios para comprender, para acompañar, para intervenir sin invadir. Porque detrás de cada objeto guardado, puede haber una vida que aún quiere ser vivida.

Ilustración: https://img.freepik.com/foto-gratis/mujer-borrosa-lidiando-vista-frontal-ansiedad_23-2149485864.jpg?semt=ais_hybrid&w=740&q=80

Columnista en Espejos de Tinta

Lucelly Giraldo S

magister en talento humano

Categorías: Andanadas

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