
«Desde septiembre se siente que viene diciembre», este es un eslogan que ya se convirtió en parte de nuestra cultura y en expresión coloquial, ha trascendido la radio e inicia la festividad más esperada por niños, jóvenes y adultos, hasta el punto de convertirse en un meme viral en las redes sociales y popularizarse en toda Colombia dando una pequeña muestra de nuestra idiosincrasia fiestera.
De niño amaba la Navidad. Siempre les preguntaba a sus amiguitos qué le iban a pedir al Niño Dios, con el fin de no repetir regalos o de ponerse todos de acuerdo con lo mismo. Recuerda que en su niñez le escribió durante 5 años al Niño Dios para recibir una PlayStation 1 de regalo; al momento de destapar sus obsequios, ¡oh! Sorpresa: era un Polystation. No sé si se habrá creado un trauma en él por siempre recibir un Poly en vez de un Play, pero realmente la Navidad era muy bonita; él siempre contaba los días para que fuera el 7 y 8 de diciembre, el día de las velitas. Nunca supo realmente el motivo de esta conmemoración ni por qué se celebraba, pero la natilla, los buñuelos, el pavo cortado en rodajas con una deliciosa crema de ciruelas y el compartir en familia eran un deleite.
Lo bueno de haber amado la Navidad en la niñez era el no preocuparse de nada, el saber que se iba a estrenar 2 o 3 veces: la del 8 y 25 de diciembre, y la del primero de enero, cuando el Niño Dios era generoso y tenía la oportunidad de obsequiar más ropa. La expectativa para él siempre fue alta: el saber si esta vez sí le iban a traer el regalo prometido o si a Santa solo le alcanzó para el estreno. Esto realmente hacía de estas fiestas algo especial. En fin, todo lo anterior sucedía sin preocupaciones; lo único por lo que debía estresarse un infante era por ganar el año para que el Niño Dios o Santa Claus no le obsequiaran un pedazo de carbón. Durante la Navidad, los pensamientos que rondaban en su cabecita infantil eran jugar, divertirse y comer en demasía, salir con sus amiguitos a montar bici o a darle a la pelota. Pura diversión.
Pero los tiempos cambian, los niños crecen y sus prioridades también; todo se vuelve una realidad totalmente diferente. El pequeño que era adquiría otro tipo de rol: ya no esperaba al Niño Dios ni a Santa; él tomaba momentáneamente el lugar de aquellos personajes ficticios que lo hicieron tan feliz, pero que en su adultez le pueden representar un dolor de cabeza. Se da cuenta de que todo es puro marketing. Aunque es una festividad netamente religiosa, los tiempos del nacimiento de Cristo coinciden con las fiestas romanas del Sol Invicto, a honor del dios Saturno, consideradas fiestas paganas. Estas celebraciones involucraban el cambio de roles entre los participantes de los rituales del solsticio, se daban regalos a niños y pobres. En sí, podemos ver muchas similitudes con la Navidad, donde se intercambian roles y se reparten regalos entre los miembros de una misma familia, hasta llegar al punto de ritualizar esta festividad: empezando con el novenario que inicia el 16 y termina el 24 de diciembre; desde ponerse unos calzones amarillos para la buena suerte, hacer un sahumerio en toda la casa para sacar los malos espíritus, comerse 12 uvas para las cábala del próximo año, hasta salir con una maleta a darle vueltas a una cuadra entera para vaticinar próximos viajes y finalmente guardar dinero en el bolsillo para que el próximo año no falte, y hacer una lluvia de lentejas.
Todo se convierte en el idilio perfecto, en un sueño de Navidad, donde la gente pretende ser buena por un momento, donde el señor Ebenezer Scrooge que habita en el interior de cada uno se transforma en benevolencia pura, hasta que llega el Año Nuevo y se rompe toda esta ilusión, donde la realidad golpea fuertemente de forma monetaria y emocional: cuando se debe volver a aterrizar y poner los pies en la tierra, cuando se empieza a dar golpes de pecho porque se gastó más dinero del previsto, cuando las deudas llegan sin previo aviso y, en ocasiones, no se tiene con qué pagarlas. En síntesis, la Navidad es solo un sueño basado en el marketing y el consumismo desaforado, donde los precios son elevados y los disfrazan de superofertas. Esta festividad se convierte en compras innecesarias, pero muchos creen que necesitan un artículo nuevo que ya tienen en perfecto estado; pero por ser diciembre lo quieren renovar sin tener en cuenta las consecuencias ambientales y sociales que trae el consumo excesivo, que por un momento se convierte en un anestésico emocional al sentir que se tiene control de nuestras vidas. Pero realmente somos controlados por un poder económico mundial más grande de lo que podemos imaginar, que nos hace ser parte de una matriz que manipula nuestras emociones dándonos descargas constantes de serotonina por luces, música y reuniones, potenciando una alegría similar a la redención de Scrooge. Pero cuando esta termina, se desvanece todo este mundo onírico devolviéndonos de golpe a la realidad y, aun así, durante casi todo el año anhelamos que sea Navidad.
Columnista en Espejos de Tinta

Danny Morales
docente
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