Se ha perdido el recuerdo de aquellos tipos elegantes operando los ascensores. No solo era un concepto de marketing y prestigio en hoteles y grandes recintos, sino que en realidad era un requisito de seguridad. Aquellas máquinas que hoy funcionan con un solo botón, a los que incluso se les podrían integrar biometría para que operasen solo con la voz o el reconocimiento facial, necesitaban que personal capacitado los detuviese con precisión en cada piso. Carentes de sensores y algoritmos de control, requerían de la intervención humana para su marcha. Este es solo un ejemplo más de la automatización de tareas que ha ido relevando labores humanas. Lo mismo sucedió con los sistemas de riego, los telares, los tipógrafos e infinidad de tareas. Y entonces, ¿por qué la preocupación emergente con respecto a la llegada de las inteligencias artificiales?
Esa pregunta, con mucho sentido, a lo mejor la puedan responder Chat GPT o Perplexity en pocos segundos y con lenguaje estilizado, poético o esquemático si se quiere. Pero lo haré en la forma antigua, razonando. Las inteligencias artificiales son hitos tecnológicos como los mencionados anteriormente, hechos para la automatización de tareas. Sin embargo, en esta etapa evolutiva, llegaron para imitar, o tal vez, para reemplazar las funciones cognitivas: atención, percepción, memoria, orientación, razonamiento y cognición social.
Cuando le pedimos a una IA que analice, cree o ejecute por nosotros algunas de esas tareas por las que aún nos pagan, le estamos dejando a los sistemas productivos el mensaje de que somos fácilmente reemplazables. Por supuesto que no es culpa de los creadores de esta tecnología, quizás en parte haya responsabilidad en las marcas, pero principalmente es el compromiso de los usuarios ser responsables con el uso.
Empezamos a girar en el espiral sin darnos cuenta; primero, con simples tareas de redacción; más tarde, artistas muertos cantando nuevas canciones, después videos que nos ponían en lugares en los que jamás habíamos estado. Todo esto, sin una gota de conocimiento en materia de diseño gráfico o edición fílmica. Luego vi estudiantes —no solo colegiales, también de pregrado y aspirantes a magister—, usarlas arbitrariamente sin siquiera tomar en cuenta la propiedad intelectual. Posteriormente, empecé a ver maestros (unos pocos) emplear IA para construir su clase, transcripción textual de agonizante pedagogía. Y Ahora me hace pensar: si maestros toman la IA para que alumnos resuelvan sus tareas con IA, ninguno presta atención a lo que está recibiendo y pocas veces a lo que está entregando; entonces el espiral nos condujo a la etapa en que hay máquinas formando máquinas y en el medio un ser humano excluido.
Ahora bien, en algún momento las IA empezarán a capturar información de otras IA. En esta redundancia algorítmica, podría suceder que los sesgos se reproduzcan y haya una sociedad tan autómata como errónea. Pero eso en un futuro poco lejano y distópico. Sin embargo, es más preocupante ver ahora como las utilizamos para hacer “arte”.
Siempre creí que el arte era algo solo atribuible al humano. Es más, crecí pensando que solo aquellos señalados por algún dios, podrían alcanzar la fortuna de ser artistas. Y que por eso, para compensar, les arrancaban las entrañas, y que a las grandes voces les envenenaban el alma; así como a los grandes pintores: Frida Kahlo, Van Gogh o Munch, los llenaban de sufrimiento para dar vida al mundo a través de sus extraordinarios cuadros. Y ahora hay quienes, con mala ortografía, hacen arte a través de un cuadro de texto; y ocasionalmente, más por desconocimiento que maña, se atribuyen los logros de algo que podría tomar su lugar laboral.
No sé si fue necesario bajar la percepción de calidad al mínimo de la estimulación para liberar dopamina con cualquier contenido, o es que en realidad la creatividad artificial ya está llegando a los niveles de la máxima expresión humana.
Y me pregunto, en este vulgo insaciable, devorador de contenido inconexo; de memoria fugaz y carácter a veces circense, ¿habrá lugar para el arte con su emocionalidad natural? Quizá la forma en que estamos consumiendo la creatividad, no va más allá de que algo logre impactarnos unos pocos minutos. Una buena canción, toma tiempo elaborarla; igual que una pintura, una escultura o una novela, lo que saca de competencia al artista tradicional.
No desconozco los enormes beneficios que puede tener la nueva tecnología en la vida: en la salud, por ejemplo, la identificación en fases temprana de enfermedades letales, o el análisis de datos endémicos para agilizar y prevenir. Puede que sea aun más soñador, pero necesario, incluir las IA en el derecho, y apoyar así con tareas operativas para descongestionar el sistema penal. Mejor aún, usarlas para analizar el impacto climático y plantear y difundir acciones de mitigación. Después de todo, con tanta agua que consumen los enormes centros de procesamiento de datos para refrigerar las maquinas que alojan las inteligencias artificiales, sería un uso acorde si se orienta hacia la conservación de la vida.
La realidad va mostrando la otra senda de este camino bifurcado: el consumismo en pleno disparado. Creadores del Arteficial buscando protagonismo fácil. Millones de litros de agua desperdiciados en el enfriamiento de centros de datos para que personalidades infames creen contenido que durará 24 horas. Contenido, que se repite sin dejar emociones, y finalmente necesita que se hipoteque la dignidad para hallar un poco de eco y pueda sacar del anonimato a los nuevos artistas digitales. La era del Arteficial.
Es cierto, la imagen empleada en esta columna está generada con inteligencia artificial, lo cual resulta altamente contradictorio. Sin embargo, a mi defensa, manifiesto que es una imagen reciclada de internet.
Autor
Columnista en Espejos de Tinta

Héctor Ramírez A
escritor
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