El jueves nueve de octubre de dos mil veinticinco, mientras hacía unos trámites en la Secretaría de Movilidad del hermoso pueblo de Riosucio y, mientas me encontraba en una espera interminable para finalizar el traspaso de una moto, que duró alrededor de cuatro horas, sin contar las dos horas del almuerzo. Aprovechando el buen clima, la demora innecesaria del trámite y la grandiosa suerte de estar cerca del Parque La Candelaria —que en su diseño conserva elementos antiguos, como una verja de hierro importada de Alemania, además de esculturas notables, entre ellas un busto de Simón Bolívar, que refuerzan su valor histórico— junto con unas cómodas sillas de madera, hicieron que la espera fuera un poco más amena. Sin dejar de lado la hermosa vista de la iglesia de Nuestra Señora de la Candelaria.

Me dispuse a continuar con una lectura que tenía pendiente. Presentía que debía llevar algo más para entretenerme aparte de mi móvil, y eso fue la novela Luz de agosto. La intriga de saber qué sucedía con Joe Christmas cuando fue adoptado por McEachern me llevó a dejar a un lado las redes sociales, aunque solo por un instante. La conversación era fascinante, quería conocer el desenlace de su niñez. Pero la falta de sombra no me permitía concentrarme. Curiosamente, todo el parque estaba ocupado. Debajo de un árbol, un anciano que se veía muy relajado sentía pasar el tiempo. Él tenía un espacio disponible en su silla, justo lo que buscaba para continuar con el relato que me estaba contando Faulkner. Me acerqué al anciano y le pedí permiso para sentarme en el espacio libre, permiso que no negó. Llevaba diez minutos de lectura aproximadamente cuando aquel hombre me entabló conversación.

—¿Joven, de dónde viene usted? —me preguntó.

—De Manizales, y estoy quemando tiempo para reclamar una tarjeta de propiedad que está muy demorada —respondí.

El anciano, que se llamaba Don José, continuó indagando sobre mi vida, especialmente a qué me dedicaba. Le respondí que soy docente, y de inmediato comentó sobre los paros de Fecode:

—Oiga, ¿cierto que los profesores están jodidos y llevados del hijueputa con este gobierno? —afirmó, sin que fuera un interrogante—.

Acto seguido, captó toda mi atención. Anteriormente me había dicho que era un campesino con familia en Manizales y que ya no estaba para arar la tierra, pero sí para disfrutar los hermosos atardeceres que ofrece Riosucio.

Continuó diciendo que antes a los profesores les iba mejor; que la semana pasada ellos hicieron protesta y que él se mantenía informado de todo lo que pasaba en el país, refiriéndose a las reformas sociales de forma despectiva. Yo únicamente me limité a escucharlo. Avivó toda la curiosidad que yo tenía con sus palabras, pues decía: “Esa tal reforma a la salud nos iba a dejar era moribundos, el gobierno quiere dañar todo” —palabras más, palabras menos—. Mientras yo lo escuchaba asentía y pronunciaba la interjección ¡ajá! Lo más llamativo fue cuando esgrimió el argumento de que la reforma laboral dejó a cientos de miles de personas sin trabajo y que los empresarios son los más afectados debido al cierre de miles de empresas y negocios, pues esa reforma es un mal para todos.

A esas alturas de la conversación, le pregunté a Don José dónde había escuchado todo eso, pues parecía estar muy bien informado. Su respuesta fue:

—Eso es lo que uno escucha aquí, sentado en el parque, y lo que ve en la televisión —haciendo referencia a los medios de comunicación tradicionales.

Sin entrar en controversias, me limité a decirle que cada moneda tiene dos caras, y que es bueno, en ocasiones, remitirse a fuentes confiables, pues por ahí ronda mucha desinformación y la tergiversación con fines políticos. No quise contradecir a Don José, pues se notaba que era muy apasionado cuando hablaba y era mejor respetar su opinión para no ocasionar un disgusto.

Finalmente, me levanté y me despedí de Don José llevándome un buen recuerdo de él. No pude dejar de pensar durante todo el día en cómo los medios de comunicación tradicionales y la desinformación en las redes sociales bombardean constantemente a sus usuarios, manipulando sus opiniones basándose ocasionalmente en falacias argumentativas, politizando la información y vendiéndola al mejor postor, aprovechando que, muchos adultos mayores y personas en general es lo único que consumen, al punto de volverlos autómatas de la información.

Imagen generada con Copilot, asistente de IA de Microsoft.

Columnista en Espejos de Tinta

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Danny Morales

docente

Categorías: Andanadas

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